Dilo no nació en Silicon Valley. Nació en un cuarto de universidad, de un estudiante viendo a su propia familia perder clientes por olvidar una llamada. Esta es la historia — y hacia dónde sueño que llegue.
Mi tía vende productos de limpieza desde su casa. Trabaja durísimo. Pero el año pasado perdió tres clientes en una sola semana porque se le olvidó confirmar unos pedidos por WhatsApp.
No es que sea desorganizada. Estaba ocupada siendo una persona real: criando a sus hijos, cocinando, viviendo, mientras sacaba adelante un negocio entero desde la pantalla de su celular.
Y ahí empecé a ver que no era solo ella. Era el plomero que anota los trabajos en un papelito que se pierde. El jardinero que no se acuerda a quién le toca cobrar. La pintora, la niñera, la señora que vende comida — gente que trabaja con las manos y lleva todo en la cabeza y en el teléfono. Las herramientas de hoy están hechas para startups con equipos de 50 personas. No para alguien que lleva su agenda en un cuaderno y su negocio en el bolsillo.
Vi también lo difícil que se vuelve cuando el cliente habla otro idioma: pagos, trabajos y citas a punta de WhatsApp y Google Translate, copiando y pegando mensajes que no siempre salen bien.
Así que, entre clases, empecé a construir algo distinto. Algo que no te pida teclear, porque tus manos ya están ocupadas trabajando. Hablas, y Dilo lo organiza: tus clientes, tus cobros, tus citas, tus notas. Y te avisa antes de que se te olvide.
Una hora ganada al día vale más que cualquier app gratis llena de anuncios.
Dilo es para los que trabajan con las manos. Para los que el día no les alcanza, que cargan el negocio en el bolsillo y la memoria llena de pendientes. Plomeros, jardineros, pintores, mecánicos, niñeras, mamás que venden. Gente real, con oficios reales — no una empresa con un equipo de programadores, solo su oficio y su teléfono.
Tu oficio se hace con las manos. Teclear es perder tiempo que no tienes. Por eso Dilo se maneja con la voz: hablas como le hablarías a alguien de confianza, y él se encarga del resto. Sin formularios, sin menús complicados, sin aprender nada nuevo.
No son promesas de marketing. Son promesas personales.
Nunca vendemos ni compartimos tu información. Punto. Los contactos de tus clientes se quedan donde deben — contigo.
No le debemos nada a inversionistas. Solo a ti. Por eso cada decisión se toma del lado del usuario, no de una junta.
Cada función sale de conversaciones reales con pequeños negocios. Si algo no te sirve, escríbeme — lo cambiamos.
Hoy Dilo te ayuda a no olvidar. Pero sueño con algo más grande.
Sueño con que Dilo se vuelva una comunidad: un lugar donde se cobre y se pague con confianza, donde un cliente pueda pedir una cita, donde un jefe le asigne tareas a su equipo y todos trabajen juntos — simple, en un solo lugar.
Hoy hablo español contigo, porque es donde empezó todo. Pero quiero que Dilo llegue a todos los que trabajan con las manos, en cualquier idioma. El oficio no entiende de fronteras, y quien construye el mundo con sus manos merece herramientas hechas para él.
— Owen, fundador de Dilo
Soy estudiante y construyo Dilo yo mismo. No tengo dinero de inversionistas, así que no le debo nada a nadie más que a ti.
No vendo tus datos. No pongo anuncios. Tu información no es el producto — el producto es la herramienta que te ahorra una hora al día.
Hoy Dilo es gratis mientras crece. Si algún día hay un plan de pago, va a ser justo, claro y opcional — nunca una sorpresa.
Tu voz se vuelve recordatorio en segundos. Nunca vuelvas a anotar todo a mano.
Cuando llega el día, te llega la alerta. No se te olvida ni un cobro ni una cita.
Cada función pulida una por una. Sin atajos, sin basura.
Gratis. Sin tarjeta. Sin apps que bajar. Solo habla, y deja que Dilo se encargue del resto.
Sin tarjeta. Cancela cuando quieras.